jueves 3 de junio de 2010

Flor de león

Es de día y las luciérnagas te vuelan la cabeza. Estás anonadado por tanta maravilla. Ves una flor de león venir hacia tu cara; ligera te roza, se va. El aire te sabe dulce. Suave. Todo lo ves rosado, y amarillo, y nuevamente rosado. Cierras los ojos, apagas el motor. Las manos no te sudan más. Tu pelo se vuelve cabello, y cae corto, largo, libre. Tus párpados se abren por el viento que los empuja de abajo hacia arriba. Crees haber perdido peso, estás ligero como la flor de león que viste. Tu mente vacía deja que Dios vea qué piensas; y ya no te importa. Te quitas el reloj y se borran las arrugas de tus ojos; te quitas los zapatos, y la hierba arropa tus pies con sus largas caridades. Una mariposa de bengala te aletea coqueta en la mejilla, se mete en tu cabello y sale de tu oreja hecha crisálida. Nada se rompe, nada muere en el bosque. Caminas con pajaritos que cantan en castellano las nuevas del día. Te siguen conejos blancos de ojos rojos y cola gorda. Los árboles que te ven comentan entre ellos sus historias de jóvenes, cuando eran caballeros verdes. Todos los nidos de las ramas nacen y más animalitos del bosque se acercan a ti y te siguen. Hay una armonía de fábula a tu alrededor. Los animales se enrollan en tus tobillos y saltan en cámara lenta, sólo cuando tú te mueves.

Ves más colores a lo lejos, entre los melocotoneros y las palmeras de cuello largo. Las gacelas te guían hacia el río callado con ranas y piedras de brillantes. Al lado, un grupo de conejos blancos, venados, pajaritos botón de oro, ardillas de cola enrollada, gusanos felices y flores con cabeza y cara de humano. Suspiras. Los ves comiendo a todos de un mismo lugar, son hermanos, están en paz. La brisa te recuerda que estás en naturaleza mágica. Esto supera tus recuerdos del domingo familiar cuando eras niño. Nada podría ser más feliz. Te quedas observando largo rato cómo comen y te crece la intriga en el pecho. Te paras de la hierba, te sacudes y hojas viejas se cuelgan con sus bracitos de tus pantalones.

Te aproximas al grupo que come con energía de niño con cometa. Abres paso entre ellos, son muchos, son suaves y fáciles de apartar soplando. Ratones plomos caen a la tierra y otros al río. Soplas un poco más y las ardillas se van expulsadas a sus árboles de invierno. Entonces ves a un armadillo recién nacido, lo cargas y le limpias el hocico. Tiene sangre. Bajas la mirada desconcertado y encuentras manchas de sangre fresca y guinda en lo verde de los arbustos. Tu desconcierto es aun mayor cuando te acercas más y ves a los conejitos royendo una mano blanca y gruesa de hombre. Tienen carne entre sus dientes, metida en sus encías, sangre en todo su pelaje. Los árboles te miran con máscaras oscuras de verdugo. Las mariposas se posan sobre los restos de piel que dejan las alondras. El río empieza a gritar y las piedras de brillantes son en realidad ojos reventados de seres humanos. Las aves gimen en latín oraciones al diablo. Las palomas se pelean por los órganos internos del hombre: el bazo y el páncreas están a la mitad cerca del melocotonero. Los gatos pelan una pierna a punta de garras. Los ojos de todos están vacíos. Tienen hambre, sed. La sangre es inconfundible. La carne desmenuzada regada por la hierba te provoca náuseas.

La flor de león que viste al llegar regresa hacia tu cara, se ríe porque ya te conoce, pero ahora tienes los ojos bien abiertos y la observas con miedo. La flor de león era un dardo envenenado. Los animales del bosque te cazaron. Tú fuiste el comido.

2 canelitas:

Anónimo dijo...

eres una diosa escribiendo. no dejes a tus lectores sin nuevos posts.

Antonio Moretti dijo...

es excelente! de lo mejor que te he leído